miércoles, 24 de septiembre de 2014

El país donde nunca se muere




El país donde nunca se muere



Un día un joven:
A mí, esa historia de que todos deben morirse no me gusta nada. Quiero ir en busca del país donde nunca se muere. Saluda al padre, a la madre, a los tíos y a los primos, y se va. Camina durante días, camina durante meses, y a todo el que encuentra le pregunta si sabe dónde está el lugar donde nunca se muere: pero nadie lo sabía. Un día se encontró con un viejo con una barba blanca hasta el pecho, que empujaba una carretilla llena de piedras. Le preguntó:
¿Sabría decirme dónde queda el país donde nunca se muere?
¿No quieres morir? Quédate conmigo. Hasta que yo termine de trasportar toda la montaña, piedra por piedra, no morirás.
¿Y cuánto calcula que necesitarás?
Cien años necesitaré.
¿Y después debo morir?
Pues claro.
No, no es éste el lugar que busco: quiero ir a un lugar donde no se muera nunca.
Saluda al viejo y sigue adelante. Tras mucho caminar, llega a un bosque tan grande que parece no tener fin. Había un viejo con la barba hasta el ombligo, que cortaba ramas con un honcejo.
Discúlpemele dijo el joven, ¿e podría decir un lugar donde uno no muere nunca?
Quédate conmigo le dijo el viejo No morirás hasta que no haya podado todo el bosque con mi honcejo.
¿Y cuánto tardará?
Pues…como doscientos años.
¿Y después tengo que morir igual?
Seguro. ¿No te basta?
No, no es éste el lugar que busco: busco un lugar donde uno no se muera nunca.
Se despidieron y el joven siguió adelante.  Meses después, llegó a orillas del mar.
Había un viejo con la barba hasta las rodillas, que miraba un ato que bebía agua del mar.
Discúlpeme, ¿sabe dónde queda un lugar donde uno no  muere nunca?
Si tienes miedo a morir, quédate conmigo. Mira: hasta que este pato no termine de secar el mar con el pico, no morirás.
─ ¿Y cuánto tiempo le llevará?
A ojo de buen cubero unos trescientos años.
¿Y  después tengo que morir?
¿Y qué quieres? ¿Cuántos años quieres vivir?
No. Éste tampoco es lugar para mí; debo ir allá donde nunca se muere.
Reanudó el viaje. Un atardecer, llegó a un magnífico palacio. Llamó a la puerta, y le abrió un viejo con la barba hasta los pies:
¿Qué deseas, muchacho?
Estoy buscando el lugar donde nunca se muere.
Muy bien, has dado con él. El lugar donde nunca se muere es aquí.
Mientras estés conmigo, estarás seguro de no morir.
¡Al fin! ¡Di tantas vueltas! ¡Éste es justo el lugar que buscaba!
¿Pero a usted no le molesta que me quede?
Al contrario, me alegra: así me haces compañía.
De modo que el joven se instaló en palacio con el viejo, y hacía vida de señor. Pasaban los años sin que uno se diera cuenta: años, años y años. Un día el joven le dijo al viejo:
     ─La verdad es que estoy muy bien aquí con usted, pero me gustaría hacer una visita a  mis parientes.
    ─¿Pero qué parientes qué parientes quieres ir a visitar? A estas alturas ya estarán todos muertos.
    ─En fin, ¿qué  quiere que le diga? Tengo ganas de ir a visitar mi aldea, y quién sabe si no me encontrare con los hijos  de los hijos de mis parientes.
    ─¿Pero, qué parientes quieres ir a visitar? A estas alturas ya estarán todos e si no te mueres en el acto.
No desmontaré, quédese tranquilo:¡tengo mucho  miedo a morir!
Fue a la cuadra, sacó el caballo blanco y corrió como el viento. Pasó por el lugar donde había encontrado al viejo con el pato: donde estaba el  mar ahora había una gran pradera. En una parte había una pila de huesos del viejo. «Vaya, vaya», se dijo el joven «hice bien en seguir adelante. ¡Si me hubiese quedado, ahora también estaría muerto!».
Siguió su camino. Donde estaba el gran bosque que el viejo tenía que podar con su honcejo, todo estaba desnudo y ralo: no se veía ni un árbol. «También aquí», pensó el  joven, «me habría muerto hace tiempo».
   Pasó por la gran montaña que un viejo tenía que deshacer   piedra por piedra: ahora había una llanura plana como una mesa de billar.
                                                                           ─ ¡Con ése sí que estaría bien muerto!

 Al fin llega a su aldea, pero está tan cambiada que no puede conocerla. Busca su casa pero no está ni siquiera la calle. Pregunta por los  suyos, pero nadie  había oído jamás su apellido. Se sintió mal. «Más vale que me vuelva en seguida», se dijo..
   Hizo girar el caballo y emprendió el regreso. Aún no había hecho la mitad del camino cuando se encontró con un carretero que conducía un carro lleno de zapatos viejos, tirado por un buey.

  ¡Por caridad señor!dijo el carretero. Baje un omento  y ayúdeme a poner esta rueda, que se me salió del eje.
Tengo prisa, no puedo bajar de la silla dijo el joven.
Hágame el favor, mire que estoy solo y ya anochece…
El joven sintió piedad y desmontó. Aún tenía un pie en el estribo y otro en tierra, cuando el carretero le agarró un brazo y le dijo:

¡Ah! ¡Al fin te atrapé! ¿Sabes quién soy? ¡Soy la muerte! ¿Ves todos esos zapatos rotos que hay en el carro? Son los que me has hecho gastar para perseguirte. ¡Ahora has caído!
¡Todos debe n terminar en mis manos, no hay escapatoria!
             Y también al pobre joven le llegó la hora de morir.    (Verona)
     

Extraído de: Cuentos populares italianos Vol 1: Recopilación y versión de Ítalo Calvino;

      ediciones Siruela, Madrid, 1990.




No hay comentarios:

Publicar un comentario